¿Entonces? Me masacro, consciencia. ¿No?
¿A qué juego estas jugando, Pelirroja?
Le temía.
Hacía mucho tiempo que había definido al miedo en sí, como un imbécil de traje elegante de zapatos de cuero y un pañuelo amarillo anémico embutido a las malas en el cuello en V de su chaleco de rombos. Con el cabello gris y los ojos perdidos en quiensabe donde.
Una vez visto de frente, parecía literalmente tangible. Palpable. Tan real como la oleada que te recorre el cuerpo entero y te tensa desde las orejas hasta el tendón de Aquiles. Esa sensación absurda...
"... El miedo es el sentimiento mas brutalmente honesto que posee la humanidad. No lo controlas. No lo mides y no puedes mitigarlo. Está ahí y te invade en cualquier momento,
cuando le da la puta gana..."
...Pero era intangible y etéreo. Claro que eso sólo lo sabía una vez era capaz de vencerlo.
Entrando dentro, hurgando en cada capa de carne y tendones. Atravesando aquel nido de Polillas de la Muerte que traía pululando en su caja torácica, mas allá de aquel ahorcado colgando de su clavícula izquierda que aparentemente, SOLO aparentemente por los últimos metros que venía recorriendo parecía que esta vez no iba a tener que re-ahorcarse y coser una herida mas para el coctel de estadísticas y la colección terrorífica que venía sumando hacía dos años.
Mucho mas profundo, dentro de los pulmones que cultivaron un cáncer por 4 años y ahora trataban de luchar con la fatiga de no poder inhalar suficiente aire para lograr que subsistiera una nota alta en una canción que la hacía llorar.
Ah! Ahí, arriba.
En la habitación de paredes de almohada mullida.
Dentro de la cabeza inestable y desquiciada de su consciencia. Aquel Esquizofrénico demente que cantaba las letras dos segundos luego que ella como en un delay y que en cada eventualidad aterradora de su existencia repetía el suceso a gritos para recordarle lo tontos que fueron ambos. Ese que le susurraba que no podía confiar en nadie y que la felicidad solo constaba de 3 kilos de dinamita C4 y un bulto de seres humanos indeseables...
Nunca nadie había decidido sentarse a hablar con Él. A meter las manos cerrando los ojos dentro de el cráneo de aquel dueño de la camisa de fuerza que amarraba su cordura.
Y ahí era donde yacía(n). Invencibles e imperturbables.
Como monstruosas malformaciones del ser y de la conciencia.
Repletos de llagas, mórbidos de dimensiones absurdas y poderes infinitos mas allá del conocimiento de aquel metro y medio que habitaban muy en su interior.
Le temía a las consecuencias de que La Avenida siguiera siendo tal cual venía siendo. Con cada uno de sus errores repitiéndose en un loop infinito con ese pitido insufrible que genera el feedback.
Que siguiera equivocándose por la eternidad. Por cada grano de arena alrededor del asfalto. Pero ¿Qué de trágico poseían los errores?
DEMASIADO. Una mínima equivocación traería consecuencias terribles que no sólo durarían el momento del error. No.
Se mantendrían intactas en el presente, atacándola y estallándose en su cara cada que se lo recordaran.
Sin importar qué fuera, un mal movimiento era trastabillar por kilómetros aún cuando ya hubiese podido recuperar el paso.
Equivocarse un par de veces en la vida, le costó que la palabra favorita de su madre fuera "Inútil"
Y de la mano de equivocarse se desligaban varios monstruos mas. Aunque este fuera el primero y no por eso el menos aterrador. Como si avanzáramos descendiendo al Infierno de Dante Alighieri y apenas entráramos al primer círculo.
... Siempre asoció toda su existencia con los nueve círculos del Infierno...
De la mano de esto, iría lo inminente.
Aquello de lo que estaba compuesto cada kilómetro. Cada repetición de la repetición. Cada tragedia desde que sucedió la primera vez, desde que cayó hondo largo y profundo.
¿Qué era aquello que sucedía cada tanto tiempo (indefinido) en La Avenida de la vida?
... Caer. La soltaban. La dejaban caer una y otra vez. Dejándola ir.
Aquel desfile de ciegos, hipócritas y traidores. Sobre todo eso. Un desfile interminable de traidores ciegos como hordas de zombies abalanzándose sobre ella.
...Aunque, aparentemente SOLO aparentemente esta vez había dado con uno o dos que hacían y quizá harían la diferencia.
Si equivocarse era un monstruo, caer era una enfermedad. ¿Por qué?
Porque de eso constaba la maldición que traía encima. NO podía hacer absolutamente nada y no había nada en su poder para que una vez quería quedarse con alguien o algo, eventualmente este la soltara desde el último piso de la torre más alta...
Había batido batallas con demonios internos que no eran suyos siquiera, con dragones el inclusive princesas. Y ni hablar de la horda de ciegos que ya mencioné.
Si importar qué hiciera, tal parecía que SIEMPRE se equivocaba y no lograba hacer las cosas bien. Por que de haberlas hecho BIEN eventualmente cualquiera de las personas que (quizá de forma ambigua y endemoniadamente errónea) había escogido se hubiera quedado con ella.
Y sobre todo, nunca hubiera siquiera pensado en soltarla.
Esto es subjetivo, si. Claro. Puede no ser su culpa. Puede haber hecho todo perfectamente y que sencillamente este fue n ciego más o el error estaba invicto en la cabeza de ese ciego. Y fue SU error.
Pero... Ahí era cuando el pánico de el error la asechaba.
Esto podía ser posible PERO ¿Una tras otra por casi seis veces literalmente continuas? No podía tener tan mala suerte. ¿Cierto?
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