5.4.16

Ar(ruina)rse



Venía en baja. Cayendo; hondo, largo y profundo.
Ni siquiera era consciente de ello.

Mamá inclusive se dio cuenta primero de que traía un monstruo trepado al hombro y dijo

- Estás aburrida... Te veo aburrida. -

Y casi como una bomba de alto impacto, impactó en mi cabeza el hecho de que sí. Lo estaba. La gran y maravillosa incógnita que no he podido resolver, es que nunca sé exactamente el por qué.

Venía en baja y me encargué de ignorar lo que venía arrastrando colgando de mi cuello un par de semanas antes de que la apreciación de mi madre me diera como una patada en los dientes y entonces... A lo primero que vi; y me gustó, decidí hincarle no uno sino todos los dientes...

Y me metí únicamente para despistar mi cabeza y evitar que inconscientemente se encargara de alimentar más y más esa forma negra, inmunda y amorfa que se sacudía de tanto en tanto con las patas anteriores ancladas frenéticamente mi cuello.

Creo que aún se sacude, colgando del lado izquierdo de mi clavícula. Porque ahora le presto atención solo para deleitarme con los espasmos que emite al morir de inanición.

En menos días de los que pude contar, me encargué de arruinarme.
Me encargué de ser mediocre, distraída, despreocupada y sobre todo, de evadir una tras otra las infinitas razones, advertencias y señales de alarma que me dio la vida y cantidad de personas en ella de que había algo (o alguien) que no iba a funcionar.

No era absolutamente nada nuevo. Yo lo sabía. Y aunque sabía que no solo no saldría nada bueno de ahí sino que no saldría nada, ignoré toda advertencia y continué.

¿Por qué? Porque tenía que poner mi cabeza en otra cosa y de momento, esos dos ojos castaños claros que me miraban de forma maliciosa y esa media sonrisa asesina eran el lugar y blanco perfecto en dónde poner mi atención.

Sabía que nada saldría de ahí porque, entre tantas cosas que he hecho en ya casi 25...
(No sé como no estoy cansada de andar) kilómetros de Avenida, nunca había tomado la decisión ejecutiva de tirarme sin paracaídas con el riesgo de reventarme la jeta en menos de 4 días. Y aún así, lo hice. A raíz de que hoy por hoy lo último que tengo que hacer es explicarle a alguien mis acciones, que a fin de cuentas son mías.

Y entre ellas, incluye utilizar a quién me de la gana como distractor de turno para olvidar por momentos que estaba volviendo a deprimirme. Y como siempre, no tenía y no tengo puta idea del por qué...

Y oh! Sorpresa... Me topé con alguien con el que no solamente tenía en común ese metro específico a mediados de Noviembre en cada Kilómetro, sino que compartíamos infinidad de cosas más. Todas y cada una más terrible que la anterior.

Me di de frente casi que conmigo misma. De ojos mas claros, muchísima mas tinta y el cabello mas oscuro.
Tercos, irreverentes, totalmente llevados de su parecer a costa de todo, en contra de la autoridad y de aquello que la constituye, orgullosos y con un ego tan grande; que no cabe en la vía láctea.

Y sobre todo, esas dos reglas absurdas mías que evidentemente eran igual las suyas.
Siempre tenemos que tener la razón y siempre habremos de ganar.
Incoherentes y contradictorios. Cerrados en nuestra propia forma de pensamiento y nuestro estilo de vida.
Con una habilidad innata para mentir y convencer.
Manipuladores, titiriteros de la verdad. Con el don del habla y el verbo a flor de piel.
Ambos precedidos por nuestras terribles y atroces reputaciones y nuestra fama, de boca en boca de la infinidad de personas que o nos quieren ver sin cabeza, o sencillamente no nos quieren.

Metódicos y psicorígidos. Atrevidos, descarados, cínicos y con un humor tan negro como el hueco en el que caí en el Kilómetro 18.

Y así fue como básicamente me topé cara a cara, cosas mas cosas menos, con una perfecta réplica de mi misma y fue justo por ello que de forma inmediata, fui consciente de que de mi chistecito de distraerme con un par de ojos coquetos y muchos tatuajes, podían salir dos cosas;

O me iba a dar de jeta contra una realidad demasiado real e iba a terminar con la caja torácica hecha añicos, o sencillamente no iba a salir absolutamente nada. 


Y gracias a Dios o a la Vibra Cósmica, fue esa segunda la que desde el inicio repuntó. Con todas las advertencias y todas las alertas de cuanta persona existe.

Así que como dije, en menos días de los que tiene una semana, me arruiné.
Hundí las uñas y los dientes queriendo borrar mares de tinta de una piel pálida y miré con maldad, una sonrisita diabólica y un poco de cariño unos ojos miel a los que luego volvería a mirar sin sentimiento alguno.
Quería morder y arrancar costilla por costilla y línea por línea de tinta, como si se me fuera la vida en ello.

¿Y para qué?
Para darme cuenta más rápido que tarde, de que mi realidad seguía siendo exactamente la misma. De que ya me había distraído lo suficiente como para ignorar mi demonio emocional personal y ya había jugado por mas de dos semanas al gato y al ratón o al vándalo y la pelirroja, y que ya no quería nada más. Y era hora de volver a la realidad.

¿Que realidad? A retomar todo aquello que asumí para arruinarme.
A la realidad de que no soy mediocre y odio la gente mediocre. De que soy distraída pero jamás lo seré con mi propia existencia. De que sufro de un hermoso Trastorno de Ansiedad y que eso y todo lo que éste genera me impide ser un ser humano despreocupado.

Y sobre todo, a dejar de ser infinitamente terca, llevada de mi parecer y orgullosa. Aquellas cosas que reconocí en mi misma de cuenta de verme casi que en un espejo. A dejar de evadir las advertencias, consejos y palabras de las personas que se toman cinco minutos para hablarme, con lo difícil que soy.

Me arruiné para darme cuenta de que arruinarme era la forma correcta. Esa sacudida brutal y absurda que necesitaba.
Pero igualmente me arruiné para darme cuenta de que morder y arañar y pretender ser una belleza de ser humano, fuera de distraerme, no lograron nada mas. 


De que en definitiva, aún sigo sintiendo una decepción profunda por las personas, más grande que lo abrumador que pueda ser el sentirse solo, realmente solo.
Para darme cuenta de que busco compañía y una vez tengo demasiada, me abruma y me fastidia. Y me voy.

Así que me fui. Volví a meterme en mis cosas y salí por la puerta de en frente de la situación con la cabeza en alto, tarareando Happy Song de BMTH sin dar explicaciones de nada, a nadie.
Porque a fin de cuentas, no tenía porqué darlas.
No sé como habrá sido del otro lado de la moneda, y es algo que poco o nada me importa.
Pero del mío, solamente buscaba distraerme. Y como dije, lo mejor que encontré fueron un par de ojos claros coquetos y muchos tatuajes, con una actitud de los mil demonios y un ego que se podría dar una pela tremenda con el mío.

Y me fastidié tanto así, que empecé a sentir la imperiosa necesidad de aislamiento una vez más. Ese mecanismo de defensa de desaparecer periódicamente cuando siento que no soy capaz de tolerar mas el mundo y necesito un descanso.

Hasta que llegué a esto. A hoy. A una película que amo que dice
"La ruina y arruinarse es un regalo. La ruina es el camino de la transformación. Y deberíamos estar preparados para recibir oleadas interminables de caos y ruina"
Y entendí que en tres días me arruiné para fastidiarme hasta no poder mas y retomar el curso, y recordar el curso y las coordenadas de una forma tan ridícula como pedir un deseo a las 11:11 de la noche...

Pide un deseo, Pelirroja. - Redacté.
Pide uno bueno.

De momento lo primero que pensé fue " ...Ser feliz(?)"
Así como suelo escribir, suelo responder cosas a mi misma en voz alta, y en voz alta dije
"Tengo todo para ser feliz. Solo que lo olvidé"

Disparé, asesiné, rasgué carne, tendones y órganos. Mordí a fondo piel y tinta. Me perdí totalmente en la mas grande de las despreocupaciones.
Lloré, divagué, prometí cosas que no voy a cumplir, modifiqué la verdad a mi antojo para obtener algo a cambio, fingí y escogí algo lo suficientemente llamativo para mi...

Y todo para darme cuenta de que, fuera de sólo distraerme, obtuve una cosa.

Entendí que luego de arruinarme, todo está bien.

No hay comentarios:

Publicar un comentario